«La gente compra y compra sin pensar en las manos que producen, usamos cosas a base de otras vidas»

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El periodista ha dedicado toda su vida a luchar contra la esclavitud infantil en su país natal y el mundo

«Los niños no deberían tener herramientas en sus manos, deberían tener bolígrafos». Ese es el pensamiento central del activista y periodista pakistaní Ehsan Ullah Khan, que ha luchado durante más de 50 años por erradicar la explotación infantil en su país natal y en el resto del mundo y que participó ayer en un encuentro en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad.

Los estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad tuvieron la oportunidad ayer de conversar con el activista Ehsan Ullah Khan en el marco del encuentro organizado dentro del programa + Facultad en colaboración con la Asociación Iqbal Masih contra la Esclavitud

Participa en este encuentro con jóvenes estudiantes de la Universidad, ¿qué es lo que desea transmitirles?

-Hay que motivar a los jóvenes a comprometerse para erradicar la explotación humana. Ellos son el futuro. Yo he luchado durante más de 50 años para crear un mundo mejor. He hecho todo lo que ha estado a mi alcance y lo seguiré haciendo, pero ahora es el tiempo de las nuevas generaciones.

¿Qué papel tienen los jóvenes universitarios en la lucha contra la esclavitud moderna?

-Hoy en día, en todo el mundo, se esta perdiendo la paz. Los jóvenes tienen que conocer los problemas que hay en todo el mundo y dar un paso enfrente para defender la paz y la igualdad. Actualmente, los jóvenes no están entrenados para pensar en los demás. La sociedad consumista los entrena para ser trabajadores de fábrica, pero no para ser buenos seres humanos.

Ha dedicado más de 50 años a combatir la explotación laboral, ¿qué lo impulsó a involucrarse en esta lucha?

-Estaba caminando en la calle principal de Lahore, y vi a un hombre que estaba parado y estaba muy débil. Pensé que quería cruzar la calle. Traté de ayudarle y me dijo que tenía dos hijas y que el dueño de la fábrica en el que trabajaba las tenía raptadas y las iba a vender. Yo no entendía muy bien lo que me decía porque nuestras lenguas eran diferentes, pero su llanto me hablaba. Entonces le dije: traiga a alguien que me cuente su historia y yo lo ayudaré. Lo ayudé a liberar a sus hijas. Pensé: he hecho un gran trabajo, ahora puedo seguir con mi vida, pero cada día empezaron a llegar más y más personas pidiéndome ayuda.

Desde España esto parece muy lejano, ¿qué responsabilidad tenemos desde Europa en la promoción de la esclavitud infantil?

-El consumismo de las sociedades es un gran problema. La gente compra y compra sin pensar en las manos que producen o en el impacto que tiene para el medioambiente. Para un solo par de jeans se necesitan galones y galones de agua. Esa agua es extraída de pequeños poblados en zonas empobrecidas se contamina y las personas del lugar y a no pueden tornarla. Para crear un teléfono se necesitan minerales que se excavan en minas en países pobres en las que trabajan niños. Olvidamos a las personas detrás de lo que compramos. Es decir usamos cosas a base de otras vidas.

Ha colaborado en la liberación de más de un millón de personas entre la que se destaca el niño Iqbal Masih, ¿cómo lo logró?

-Cuando me di cuenta de que muchas personas, sobre todo niños, vivían esclavizadas pensé que era horrible y que tenía que ayudarlas. Empecé acercándome a los mercados a los que a los esclavos se les permitía ir a comprar cosas un par de horas. Ahí hablaba con ellos para conocer su situación y denunciaba en los medios de comunicación lo que me contaban. En uno de estos encuentros conocí a Iqbal Masih. Era un niño de 10 años que vivía esclavizado desde los 4 en una fábrica de alfombras porque su padre lo había cedido a la fábrica a cambio de un préstamo. Vivía atado al telar en el que tenía que trabajar para producir alfombras muy costosas para venderlas a personas con mucho dinero. Estaba mal alimentado y lo golpeaban. Al principio Iqbal tenia miedo, pero luego se abrió y me contó su historia. Lo liberamos y se convirtió en un activista contra la explotación infantil hasta que lo asesinaron a los doce años.

Es fundador del Frente de los Trabajadores de las Fabricas de Ladrillos y del Frente de Liberación del Trabajo Forzado, ¿qué lo impulsó a formar estas organizaciones?

-En las fábricas de ladrillos las condiciones eran terribles. Había niños desde los cuatro años cargando ladrillos. Cada ladrillo pesa unos tres kilos y ellos tenían que cargar dos por muchos kilómetros durante todo el día. Trabajaban entre 10 y 14 horas sin descanso y casi sin comida. Esos brazos no deberían cargar ladrillos, sino libros. Me di cuenta de que había que crear una organización que luchara por los derechos de estos niños.

Tras ser liberados, ¿qué ocurría con los niños víctimas de explotación infantil?

-Si un niño lo único que sabe hacer es usar una herramienta, cuando se la quitas se queda sin nada para su futuro. Por eso, si queríamos liberarlos de la explotación no bastaba con sacarlos del lugar de trabajo forzoso, sino que era necesario darles educación. Durante mis años en Pakistán impulsé asociaciones para darles educación a estos niños y que pudieran ser realmente libres.

¿Como ha cambiado la explotación laboral e infantil en los últimos años? ¿Hemos avanzado?

-Hemos avanzado, pero todavía queda mucho por hacer. Cuando yo llegué Europa no existía una ley para evitar la importación de productos creados por niños. Ahora la Unión Europea hizo una ley para evitar esta situación, pero hay que ser más contundentes. Los productos hechos con explotación humana deben ser tratados como se hace con las drogas.

Fuente: La Gaceta de Salamanca
María Andrea Sandia