Vivimos rodeados de tecnología bajo la creencia de que lo digital es intangible y, por tanto, limpio. Sin embargo, el experto en educación digital Julen Linazasoro desmonta este mito con una advertencia sobre el impacto real de nuestros hábitos. «Tenemos esa sensación de que como es digital y no vemos directamente cómo contamina pensamos que no tiene efectos». «Leer en tablet pese a no gastar papel también contamina un montón».
La huella invisible de los datos
La economía digital tiene una sed de energía comparable a la de la industria de la aviación. Según un informe de la ONU, los centros de datos mundiales consumieron 460 teravatios-hora de electricidad en 2022, y se esperaba que la cifra se duplicara para este año. Linazasoro señala que el sector digital es responsable de entre el 1,5% y el 3,2% de las emisiones mundiales.
Pero no solo es energía. El consumo de agua para refrigerar estos centros es masivo. Google admitió un uso de 21,2 millones de metros cúbicos de agua en 2022, mientras que Microsoft reportó 6,4 millones. Este consumo tiene consecuencias directas, como en Uruguay, donde un centro de datos de Google se ubica junto al río Santa Lucía, una fuente de agua que ya sufre estrés hídrico, obligando a los ciudadanos a depender del agua embotellada.
El coste humano de un ‘smartphone’
El experto advierte que la extracción de minerales como el cobalto, esencial para las baterías, se realiza a menudo en condiciones infrahumanas. En concreto, destaca el caso del Congo, donde «la gente que extrae minas son personas que lo hacen sin medidas de seguridad y muchas veces en condiciones de semiesclavitud». Este proceso es responsable del 80% de las emisiones de gases de efecto invernadero de un teléfono.
Esta situación ha llevado a que, en 2019, 14 familias del Congo denunciaran a gigantes como Apple, Tesla y Microsoft por «contribuir a la esclavitud infantil». Según Linazasoro, las empresas son conscientes de la situación. «Las grandes compañías saben cuáles son las condiciones de trabajo para extraer el material de las minas, pero miran para otro lado». Cifras de UNICEF de ese año estimaban que 40.000 niños trabajaban en estas minas. A esto se suma el problema de la basura electrónica, ya que solo el 22% de los desechos digitales se recicla formalmente.
Inteligencia Artificial: un consumo desbocado
La Inteligencia Artificial (IA) ha multiplicado el consumo de recursos «tanto de agua como de electricidad». Por ejemplo, entrenar el modelo ChatGPT-3 requirió 700.000 litros de agua, y un simple correo de 100 palabras generado por IA consume el equivalente a una botella pequeña de agua. El propio CEO de OpenAI, Sam Altman, pidió que no se usara la herramienta para tareas triviales por su alto coste, detalla Linazasoro.
Su conclusión no es abandonar la tecnología, sino lograr un cambio de mentalidad. Pide ser más conscientes del coste real de nuestros clics y compras. «Deberíamos de ser un poquito más responsables de cómo utilizamos estos servicios» y caminar hacia un uso consciente y crítico de las herramientas digitales.
Fuente: COPE
Elisa López
